La mujer lo lleva a la parte de atrás de Bamboo, el predio destinado a fiestas infantiles del barrio Villa Belgrano, y le abre las puertas del cuarto del fondo, donde ahora se acumulan cachivaches. Juan Carlos observa con incredulidad. Allí, en ese espacio al que perfuma la humedad ambiente, hace más de 20 años grabó su primer demo el grupo Proceso a Ricutti. Por la noche, en el mismo pabellón de Feriar donde se vio por última vez a Michael Hutchence, Proceso a Ricutti volverá a los escenarios en la apertura de una retro massmediática. De lejos casi no se notarán las arrugas ni las grasas abdominales. Sobre el escenario, bajo las luces de colores, aflorarán aquellos chicos que en 1988 hicieron bailar al Chateau Rock. La gente pedirá más y habrá que darles. Cuando todavía no se hayan apagado los aplausos, Juan Carlos ya se habrá ido con la música a otra parte. A Dorian Gray, más precisamente. A entender -show de Banda de Turistas mediante- que los extremos del camino tienen varios puntos de contacto. Y que la vida nos podrá romper el alma en mil pedazos, pero sólo, solamente el rock nos reventará la cabeza.12 octubre 2008
Bamboo
La mujer lo lleva a la parte de atrás de Bamboo, el predio destinado a fiestas infantiles del barrio Villa Belgrano, y le abre las puertas del cuarto del fondo, donde ahora se acumulan cachivaches. Juan Carlos observa con incredulidad. Allí, en ese espacio al que perfuma la humedad ambiente, hace más de 20 años grabó su primer demo el grupo Proceso a Ricutti. Por la noche, en el mismo pabellón de Feriar donde se vio por última vez a Michael Hutchence, Proceso a Ricutti volverá a los escenarios en la apertura de una retro massmediática. De lejos casi no se notarán las arrugas ni las grasas abdominales. Sobre el escenario, bajo las luces de colores, aflorarán aquellos chicos que en 1988 hicieron bailar al Chateau Rock. La gente pedirá más y habrá que darles. Cuando todavía no se hayan apagado los aplausos, Juan Carlos ya se habrá ido con la música a otra parte. A Dorian Gray, más precisamente. A entender -show de Banda de Turistas mediante- que los extremos del camino tienen varios puntos de contacto. Y que la vida nos podrá romper el alma en mil pedazos, pero sólo, solamente el rock nos reventará la cabeza.05 octubre 2008
Infinitas canciones
Juan Carlos no llegó a conocer a Emi. Pero eso no fue obstáculo para que siguiera avanzando contra la ventisca de primavera hasta llegar a la sala velatoria. Lo esperaba el desconsuelo de la mamá de Emi: el chico, de 16 años, había decidido morir a la manera de Ian Curtis. Y ella se preguntaba por qué, sin darse cuenta de que no existe un por qué tan grande como para justificar esa tragedia. Para explicar un epílogo que deja en potencia todo lo que debió haberse convertido en acto. No se sabe si Emi escuchó alguna vez a Joy Division. Seguramente conocía a Nirvana. Tal vez ni se enteró de cómo Kurt Cobain interpretó la frase de Neil Young. La que insta a arder en vez de apagarse lentamente. El manifiesto punk enunciado por un hippie. Juan Carlos saludó y se fue directo hasta el Santy. Necesitaba ver a la gente reír, necesitaba escuchar otro ruido que no fuese el del llanto. Se clavó una Quilmes rodeada de estalactitas. Se atosigó de papas saladas. Su cuerpo siguió allí, alimentándose. Mientras tanto, su cabeza se exportó hacia el infinito. Ese lugar donde Emi seguirá eternamente componiendo las canciones que ya nunca podrá tocar con su banda.
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Lejos de la cercanía
“Cuando vivís es extraño todo lo que sucede”, dice el amigo Martín Toledo en su novela “Proximidad”. Martín, el que cayó aquella noche de 2004 desde el escenario de Casa Babylon. El que regresó a la superficie con los puños llenos de literatura. Llanto de Mudo fue la editorial que recogió esa furia y la convirtió en un libro. Más de 160 páginas en las que se cronica un fracaso tras otro. Porque, ya lo señala el propio autor, “cuando se quiere ser feliz comienzan las equivocaciones”. Y allá vamos entonces, cayéndonos y levantándonos, durmiéndonos y despertándonos. Cada vez más lejos y cada vez más cerca de la felicidad.
EL FANZINE